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Recuerdos del 1° de abril de 1991

Gonzalo Rojas
El día en que los descolgados del FMR asesinaron a Jaime Guzmán, el 1º de abril de 1991, había transcurrido con normalidad en la Facultad de Derecho de la PUC.
Como era Lunes de Pascua, por los pasillos y las oficinas nos felicitamos por la resurrección de Jesucristo, y seguramente hubo uno que otro huevito de chocolate.
Lo demás, lo habitual: muchos cientos de alumnos en Campus Oriente, clases en tres módulos por la mañana, y muy buen ánimo para darle al semestre su rumbo intenso al comenzar ya el segundo mes académico del año.
No vi a Jaime Guzmán ese día. Hice mi clase de Historia del Derecho a las 11.30, almorcé con otros profesores en el comedor de la Facultad y por la tarde, cuando Jaime comenzaba su clase de las 16.30, estuve en mi oficina, sin toparme con él en secretaría o en los pasillos.
Bajé apenas pasadas las 18 a tomar un taxi en la puerta del campus. Sólo recuerdo dos cosas. Haberle comentado a otro profesor con el que conversé hasta el paradero sobre la dificultad que tendría la FEUC para movilizar alumnos, dado el clima de gran paz que había en la Universidad y, ya esperando el taxi en Diagonal Oriente, el saludo de una ex alumna del Instituto de Historia.
Esperé unos minutos junto al quiosco de revistas y a las 18.13 tomé un taxi con rumbo a mi casa, en el centro de Santiago. A esa hora, sin duda los asesinos ya estaban en el mismo lugar, porque dispararon contra Jaime hacia las 18.28. No tengo recuerdo alguno de que algo extraño me haya llamado la atención.
Después de cambiarme de ropa en mi casa junto al cerro Santa Lucía, caminé por Alameda hasta el hotel Kempinski, donde la Fundación Hanns-Seidel ofrecía una recepción a profesores universitarios e intelectuales con los que colaboraba en tareas de formación. Conversábamos animadamente en el lobby cuando el Director Ejecutivo de la Fundación se me acercó para decirme algo así como “su amigo Jaime Guzmán ha tenido un accidente”. Preocupado, se lo comenté a Jaime Antúnez, quien llamó a El Mercurio, donde le informaron que se trataba de un atentado y que Jaime estaba en el Hospital Militar de calle Holanda.
El senador William Thayer, alarmado con la noticia, decidió partir de inmediato al Hospital y yo me sumé a su iniciativa. Antes de tomar el metro en estación Universidad de Chile, nos detuvimos en un quiosco de diarios para oír la radio del dueño, en la que se informaba del grave estado de Jaime. Entramos al Hospital por calle Holanda, él afirmando ser “Senador de la República” y yo con el consabido «vengo con él”.
En el hall había ya entre 50 y 100 personas, en grupos pequeños. Familia, políticos, profesores universitarios, amigos de Jaime, autoridades, jóvenes, todos en conversación de tono menor, expectantes de alguna noticia. Andrés Allamand se me aceró y sugirió que rezara. Lo hicimos en voz alta mediante un misterio del Rosario, recitado entre todos los que quisieron sumarse. Al poco rato, vi que se asomaba por un ascensor Luis Fernando Coz, médico del Hospital, a quien conocía de los tiempos de nuestro servicio militar-escolar -él en el Grange, yo en el Saint George’s College- y le pregunté por Jaime. “Está muy mal, casi no hay esperanzas”, fueron más o menos sus palabras, las que transmití a los más cercanos.

No soy capaz de determinar la hora, porque en esas circunstancias el tiempo pierde consistencia, pero quizás pasadas las 21.30 o cerca de las 22, no sé… entró al hall por un costado -venía de los pisos de arriba- el ex Presidente Augusto Pinochet. Como me encontraba justo al lado de la puerta por la que ingresó, pude ser de los primeros que observó su rostro demudado, mientras repetía simplemente “falleció, falleció”.
No recuerdo nada más de los instantes siguientes. Nada.
Sólo sé que poco rato después, saliendo por la puerta de Vitacura para tomar una micro con dirección a mi casa, me encontré con cientos de personas apostadas en la calle y, entre ellos Mario Raúl Domínguez y su hija Carmencita, hoy Presidenta del Tribunal Supremo del Partido Republicano. Intercambiamos unas pocas tristes palabras.
Santiago estaba casi vacío. Una nube de espanto se había posado sobre la ciudad.